La cárcel nunca estuvo tan cerca.

En una ocasión, vine a la ciudad a visitar a mi entonces novia y a mi familia que aquí vive.

Una noche, alrededor de las 11 pm, mi primo, tres de sus amigos y yo nos dirigíamos de regreso a casa. Mi primo vivía en un pueblo pequeño, a unos 25 km de la ciudad. La carretera para llegar a casa era angosta, larga, oscura y tiene cierta fama de ser peligrosa.

En ese momento, él tenía un automóvil pequeño, en donde apenas cabían cinco personas de complexión mediana. Mientras conducía en la carretera, mi primo vió un auto que parecía descompuesto, por lo que se salió de la carretera para ofrecer ayuda.
Se trataba de un hombre, su esposa y tres hijas jovenes. Todos eran de complexión robusta. Su auto no funcionaba y dijeron que vivían cerca. Esto nos lo contó él porque fué el único que se bajó del automóvil para preguntar.

Así es que, ¿qué fué lo que el buen samaritano de mi primo hizo?
Nos hizo salir del automóvil para subir a estas personas y llevarlas a su casa.

Sus amigos insistieron en que yo me quedara con ellos, como garantía de que iba a volver. Consideraron menos probable dejar a un familiar foráneo, tirado en la carretera, que a un grupo de amigos que conocían el rumbo.
Entonces nos quedamos a media carretera, a media noche y ni siquiera estábamos seguros de que iba a regresar.

Ah, y estábamos a unos 50 metros del centro penitenciario de la ciudad.
Por lo tanto, decidimos caminar a una gasolinera ubicada a unos 200 metros de donde nos encontrábamos-y bien iluminada-para esperarlo ahí. Después de lo que pareció una eternidad, volvió por nosotros y reanudamos el viaje a casa.

Hasta la fecha, mi esposa sigue regañándo a mi primo por habernos dejado ahí esa noche.

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